Tipos de gases en entorno industrial

En cualquier entorno industrial, conocer los tipos de gases presentes es el primer paso para gestionar los riesgos correctamente. Gases tóxicos, inflamables, asfixiantes o comburentes pueden coexistir en una misma instalación, y cada uno exige una respuesta técnica diferente. Sin una clasificación clara, no hay evaluación de riesgos posible, y sin evaluación no hay protección real. Medir para proteger. Conocer para prevenir.

La clasificación de gases que todo técnico de PRL debe conocer

Cuando un técnico de higiene industrial recibe el encargo de evaluar una planta química, una sala de calderas o un depósito de almacenamiento, una de sus primeras tareas es identificar qué tipo de atmósfera puede encontrarse. No basta con saber que “hay gases”. La naturaleza del riesgo —y por tanto la tecnología de detección necesaria— depende directamente de la categoría a la que pertenece cada sustancia.

Los tipos de gases que habitualmente se encuentran en los entornos de trabajo se agrupan en cuatro grandes categorías según su peligrosidad: gases tóxicos, gases inflamables o explosivos, gases asfixiantes y gases comburentes. Conocer las diferencias entre ellas es esencial para seleccionar el equipo de medición adecuado, diseñar el plan de prevención correcto y cumplir con la normativa vigente.

Gases tóxicos: el riesgo invisible que más accidentes provoca

Los gases tóxicos son, probablemente, la categoría que más incidentes laborales provoca en España. Su peligro radica en algo muy concreto: muchos de ellos son incoloros e inodoros, o su olor se percibe solo a concentraciones ya peligrosas. El monóxido de carbono (CO), conocido en el sector como el «asesino silencioso», es el ejemplo más representativo. Se genera en cualquier combustión incompleta —calderas, vehículos de gas, hornos industriales— y puede acumularse hasta niveles letales sin que el trabajador perciba ninguna señal de alarma física.

Otros gases tóxicos frecuentes en entornos industriales son el sulfuro de hidrógeno (H₂S), habitual en la industria papelera, el tratamiento de aguas residuales y la minería; el amoníaco (NH₃), presente en instalaciones frigoríficas y en la industria alimentaria; el cloro (Cl₂), utilizado en procesos de desinfección y en la industria química; y el dióxido de azufre (SO₂), generado en fundiciones y en la combustión de combustibles con alto contenido en azufre.

Tipos de gases

La normativa española establece para estos contaminantes valores límite de exposición profesional a través de los VLA (Valores Límite Ambientales) publicados anualmente por el Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo (INSST), diferenciando entre la exposición diaria (VLA-ED) y los picos de corta duración (VLA-EC). Superarlos tiene consecuencias que van desde la irritación de vías respiratorias hasta el daño neurológico irreversible o la muerte.

Gases inflamables y explosivos: cuando el riesgo es la detonación

La segunda gran categoría engloba a los gases inflamables, cuyo peligro no es la toxicidad directa sino su capacidad de generar atmósferas explosivas al mezclarse con el aire en proporciones determinadas. Esta franja, comprendida entre el Límite Inferior de Explosividad (LIE) y el Límite Superior de Explosividad (LSE), define la zona de riesgo real.

Los gases más habituales en esta categoría son el metano (CH₄), el gas natural, el propano (C₃H₈), el butano (C₄H₁₀) y el hidrógeno (H₂). En sectores como el químico, el energético o la automoción, su presencia es cotidiana. Una simple chispa en una atmósfera con concentración de gas entre el LIE y el LSE puede desencadenar una explosión de consecuencias devastadoras.

Para estos entornos, la normativa europea establece la obligación de clasificar las zonas de trabajo según la probabilidad de formación de atmósferas explosivas, lo que se conoce como clasificación de zonas ATEX. Esta clasificación no es solo un requisito documental: determina qué equipos pueden utilizarse en cada área y condiciona todo el diseño preventivo de la instalación.

Gases asfixiantes: el peligro de que falte o sobre el oxígeno

Los gases asfixiantes se dividen en dos subtipos. Los asfixiantes simples —como el nitrógeno (N₂), el dióxido de carbono (CO₂) a alta concentración o el argón— no son tóxicos en sí mismos, pero desplazan el oxígeno del aire. Cuando la concentración de O₂ cae por debajo del 19,5 % en volumen, el organismo no puede cubrir sus necesidades básicas y aparecen síntomas como mareo, confusión y pérdida de conciencia que pueden llevar a la muerte en minutos.

Los asfixiantes químicos, por su parte, interfieren directamente en la utilización del oxígeno a nivel celular aunque la concentración ambiental sea normal. El monóxido de carbono actúa también como asfixiante químico al unirse a la hemoglobina con una afinidad 200 veces superior a la del oxígeno, impidiendo el transporte de este gas a los tejidos.

El riesgo de asfixia es especialmente crítico en espacios confinados: pozos, depósitos, alcantarillas, silos, cámaras frigoríficas. Los medidores de gases para espacios confinados deben medir siempre, como mínimo, el porcentaje de O₂ además de los contaminantes específicos del entorno.

Gases comburentes: los que aceleran el fuego

Los gases comburentes u oxidantes son aquellos que, sin ser inflamables por sí mismos, favorecen y aceleran vigorosamente la combustión. El oxígeno puro (O₂) a concentraciones superiores al 23,5 % convierte materiales que normalmente no arden —como la ropa de trabajo— en combustibles de ignición casi instantánea. Otros gases comburentes habituales en industria son el cloro (Cl₂), el flúor (F₂) y el óxido nitroso (N₂O).

Esta categoría es menos conocida entre los técnicos menos experimentados, pero sus consecuencias son igualmente graves. La sobrecarga de oxígeno se produce, por ejemplo, en fugas de líneas de suministro de oxígeno medicinal o industrial y en laboratorios donde se manipulan oxidantes fuertes.

¿Cómo identificar los tipos de gases presentes en tu instalación?

La identificación de los tipos de gases presentes en un centro de trabajo es una obligación preventiva que nace del Real Decreto 374/2001, sobre la protección de la salud y seguridad de los trabajadores contra los riesgos relacionados con los agentes químicos. El proceso comienza con un análisis documental —fichas de datos de seguridad, procesos productivos, historial de incidentes— y se completa con mediciones en campo mediante equipos de detección calibrados y certificados.

La tecnología de detección varía según el tipo de gas: los sensores electroquímicos son idóneos para gases tóxicos como CO y H₂S; los sensores catalíticos o infrarrojos son los más utilizados para gases inflamables; y los paramagnéticos o electroquímicos cubren la medición de oxígeno. Los detectores multigás permiten monitorizar simultáneamente varias categorías, lo que resulta especialmente útil en entornos donde coexisten diferentes tipos de riesgo.

En Casella España llevamos más de tres décadas ayudando a empresas de todos los sectores industriales a identificar, medir y controlar la presencia de gases peligrosos en sus instalaciones. Si quieres conocer qué solución de detección se adapta mejor a tu caso, contacta con nuestro equipo técnico.

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